Comprendre la Sageocratie

¿Qué es la Sageocracia?

Existen palabras que llegan demasiado pronto, antes de que el mundo esté preparado para recibirlas. Y otras que llegan exactamente en el momento justo, porque el mundo, sin saberlo todavía, las esperaba.

La Sageocracia es una de esas palabras.

No porque designe una utopía más, un horizonte que se aplaza indefinidamente con el pretexto de que las condiciones nunca se reúnen. Sino porque nombra algo que ya se está constituyendo, silenciosamente, en la conciencia de millones de seres humanos que aún no tienen palabra para lo que presienten. Este sitio es un intento de dársela.

Una definición sobria

La Sageocracia —del latín sapientia, la sabiduría, y del griego kratos, el poder— designa un sistema de gobernanza fundado no en la fuerza, la herencia, la riqueza o el solo sufragio popular, sino en la sabiduría como criterio central de legitimidad.

No es la gobernanza de los expertos. El experto domina un campo. El sabio, en cambio, percibe las interdependencias entre los campos. Tampoco es la gobernanza de los reyes-filósofos en el sentido platónico: la Sageocracia no presupone una élite que sabría mejor que el pueblo lo que es bueno para él. Presupone algo más preciso y más exigente: que quienes ejercen una responsabilidad colectiva la ejerzan desde una relación con lo viviente, con el otro y con el largo plazo que no es la de la depredación ni la de la supervivencia política a corto plazo.

La pregunta no es, pues: ¿quién merece gobernar? La pregunta es: ¿desde qué estado interior se gobierna?

Los seis principios fundamentales

La Sageocracia se apoya en seis principios que el libro desarrolla en detalle y que el sitio solo puede esbozar.

La coherencia global es el primero. Toda decisión debe valorarse no solo a partir de sus efectos inmediatos, sino de su coherencia con el conjunto de los sistemas vivos que afecta: económicos, ecológicos, culturales, generacionales. En un mundo donde todo está ligado, gobernar como si las fronteras fueran impermeables no solo es ineficaz, sino fundamentalmente falso. La coherencia global exige plantear, antes de todo acto de gobernanza, la cuestión de sus efectos reales, y no solo sobre aquello que se pretende abordar.

La responsabilidad ampliada es el segundo. Extiende la noción de responsabilidad más allá de los mandatos y de los territorios, hasta las generaciones venideras y los seres no humanos que comparten el planeta. En un mundo interdependiente, la responsabilidad no se detiene en las fronteras visibles ni en los mandatos electorales. Gobernar, desde esta perspectiva, es ser responsable ante aquello que aún no tiene voz.

La contribución viviente es el tercero. Designa una concepción de la participación ciudadana y económica fundada no en la acumulación, sino en lo que cada uno aporta al todo. No es lo que poseemos lo que define nuestro lugar en el todo, sino lo que aportamos a él. Los Créditos de Contribución Armónica —descritos en una página dedicada— son la herramienta concreta que propone la Sageocracia para medir y valorar lo que nuestros sistemas actuales no saben contabilizar.

El ajuste continuo es el cuarto. Designa la capacidad de un sistema —ya sea individual, organizacional o estatal— de ajustarse continuamente a lo que es, en lugar de a lo que desearía que la realidad fuese. Un sistema vivo no puede permitirse permanecer fijo: observa, se adapta, corrige, sin perder su dirección. Es lo opuesto a la rigidez ideológica y a la improvisación reactiva.

La subsidiariedad esclarecida es el quinto. Las decisiones se toman en el nivel más apropiado: ni demasiado alto como para ignorar la realidad local, ni demasiado bajo como para perder la perspectiva de conjunto. Este principio reconoce que la buena decisión no es necesariamente la que viene del centro, ni la que permanece confinada a lo local. Es la geografía del sentido común aplicada a la gobernanza.

La transparencia funcional es el sexto. La información circula allí donde es necesaria, sin filtro partidista ni opacidad institucional. Este principio no exige decirlo todo a todo el mundo, sino no ocultar nada a quienes deben decidir. Exige que las instituciones estén alineadas con los valores que proclaman. La transparencia no es la perfección: es la sinceridad en acto.

Lo que la Sageocracia no es

Es útil, para evitar malentendidos, decir lo que la Sageocracia no pretende ser.

No es un programa de partido. No propone candidatos, no concurre a las elecciones, no busca tomar el poder por las vías habituales. Su hipótesis es distinta: el cambio de sistema vendrá de un cambio de legitimidad, y ese cambio de legitimidad vendrá de un número suficiente de ciudadanos que habrán decidido funcionar de otro modo, y manifestarlo.

Tampoco es una espiritualidad. No impone ninguna creencia, ninguna práctica interior, ningún vocabulario religioso o metafísico a quien quiera sumarse a ella en su primer círculo. Es accesible a cualquiera que reconozca que algo ha dejado de funcionar en nuestras maneras de decidir juntos, y que piense que es posible hacerlo de otra forma.

No es una utopía en el sentido peyorativo, es decir, un ideal tan alejado de lo real que sirve sobre todo para consolar de la impotencia. Tiene un mecanismo, una arquitectura, un protocolo. El Vuelco que contempla no es una revolución en el sentido del derrocamiento violento: es una inversión de legitimidad, progresiva, democrática, irreversible.

Lo que no se ve gobierna lo que se ve

Esta frase, tomada del manuscrito, condensa lo esencial. Nuestros sistemas políticos están construidos sobre lo que es visible: los votos, los mandatos, las leyes, los presupuestos, las relaciones de fuerza. Pero lo que los determina en profundidad es invisible: las creencias colectivas sobre lo que es posible, las representaciones del ser humano que las instituciones presuponen, el estado interior de quienes deciden.

La Sageocracia toma este hecho en serio. Dice: si quieres transformar las instituciones, empieza por transformar aquello que las sostiene. No individualmente, en el silencio de un retiro, sino colectivamente, en la señal enviada por millones de personas que eligen contarse, reconocerse y decir: estamos aquí, funcionamos de otro modo, y pedimos que el mundo político se ajuste a esta realidad.

Eso es lo que significa convertirse en Sageócrata. No adherir a una doctrina. Señalar una dirección.

El libro La Sageocratie — Vers une société fondée sur la conscience, la syntonie et le vivant desarrolla el conjunto de estos principios. El manuscrito está finalizado en sus versiones francesa e inglesa. Las páginas de este sitio son su prolongación directa.