Profundización

Lo que la Sageocracia toma de la gobernanza empresarial

La Sageocracia no pide inventar un modelo inédito, sino extender al bien común una lógica ya validada en la empresa.

Cinq personnes de générations et d'origines diverses en délibération attentive autour d'une table de conseil.

A veces se asocia la Sageocracia con una utopía abstracta, desconectada de las realidades organizativas. Sin embargo, varios de sus principios encuentran un eco directo en prácticas ya probadas: la gobernanza empresarial. Consejos consultivos independientes, comités de ética, decisiones basadas en la competencia tanto como en el número de votos: son mecanismos que las organizaciones serias emplean a diario, sin que nadie vea en ellos una amenaza para la democracia.

Un principio ya aceptado en la empresa

Una empresa bien gobernada no confía sus decisiones estratégicas al mero voto de sus accionistas más numerosos. Se apoya en instancias donde la experiencia y el discernimiento pesan tanto como la representatividad: consejo de administración, comité de auditoría, comité de ética. Un ejemplo corriente lo ilustra: el comité de ética de un gran laboratorio puede suspender el lanzamiento de un producto rentable porque se ha detectado un riesgo, invisible en las cifras de ventas. No hubo ninguna votación de accionistas: fue la competencia, puesta al servicio de un marco, la que decidió. La Sageocracia propone simplemente extender esta lógica, ya admitida en la esfera económica, a la escala de las decisiones de la sociedad.

Competencia y legitimidad no se oponen

La objeción más frecuente enfrenta competencia y legitimidad democrática, como si una amenazara necesariamente a la otra. Sin embargo, la gobernanza empresarial demuestra que un marco puede articular ambas: los accionistas eligen, pero son instancias cualificadas las que esclarecen y arbitran las decisiones más complejas. Se replicará, con razón, que esta gobernanza fracasa a veces: escándalos, cortoplacismo, consejos cautivos. Es cierto, y esa es precisamente la lección: fracasa cada vez que la captura un interés privado, cuando la competencia solo sirve a la maximización del beneficio. Lo que está en cuestión no es el principio, sino su finalidad. La Sageocracia conserva la herramienta —la decisión esclarecida por el discernimiento— cambiando aquello a lo que sirve: ya no el interés de los accionistas, sino el bien común.

Una lógica que extender, no que inventar

Este desplazamiento de finalidad es lo que vuelve tangible el proyecto. A escala de una ciudad, se parecería a una instancia de personas reconocidas por su integridad y su experiencia, encargada de esclarecer una decisión de peso —la implantación de una infraestructura, una elección que compromete el largo plazo— sin sustituir a los cargos electos, pero garantizando que ningún asunto esencial se ha dejado de lado por razones de calendario electoral. La Sageocracia no pide, pues, inventar un modelo inédito: aplica, al servicio de todos, una lógica que el mundo de la empresa ya ha probado para sus propios fines, corrigiendo, de paso, lo que a veces la desvía allí.