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Hacia una humanidad más evolucionada: lo que la ciencia dice de nuestro potencial colectivo

En qué se apoya la idea de que podríamos funcionar de otro modo, y por qué no es ante todo una cuestión de moral.

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Hacia una humanidad más evolucionada: lo que la ciencia dice de nuestro potencial colectivo

La Sageocracia se apoya en una hipótesis que puede parecer audaz: que los seres humanos son capaces de funcionar colectivamente desde valores más profundos que la competencia, el miedo y el corto plazo. Esta hipótesis no es solo una convicción. Varias décadas de investigaciones en psicología, neurociencias, biología evolutiva y ciencias sociales, que se cruzan entre sí, la hacen plausible.

Este artículo presenta sus grandes líneas, no para pretender que la ciencia avala un proyecto político particular, sino para mostrar que el horizonte al que apunta la Sageocracia no es una fantasía. Es una dirección que los datos hacen plausible.

La conciencia humana se desarrolla, y ese desarrollo es medible

El psicólogo Robert Kegan, de la Universidad de Harvard, dedicó cuarenta años a documentar el desarrollo de la conciencia adulta. Sus investigaciones muestran que la conciencia humana no se detiene en la adolescencia, continúa evolucionando a lo largo de toda la vida adulta, según etapas cualitativamente distintas.

Las etapas más avanzadas, lo que Kegan llama la conciencia « auto-transformadora », se caracterizan por una capacidad acrecentada de tomar distancia respecto de los propios marcos de pensamiento y de sostener juntas perspectivas múltiples, incluso contradictorias, sin desestabilizarse. Siguen siendo raras en el adulto, como el propio Kegan subraya; pero no son un don reservado a unos pocos: se desarrollan cuando las condiciones lo permiten.

Susanne Cook-Greuter, trabajando en la misma tradición, prolongó este campo de investigación y mostró que los niveles de desarrollo más avanzados corresponden a una capacidad creciente de integrar la complejidad, de tolerar la ambigüedad y de tener en cuenta perspectivas múltiples. Estas etapas no miden ningún valor humano, y nadie puede ampararse en ellas para decidir en lugar de los demás.

La empatía y la cooperación son entrenables

Durante mucho tiempo, la ciencia trató la empatía como un rasgo de personalidad fijo, se tenía más o menos, según la genética y la educación de cada uno. Las investigaciones de los últimos veinte años cambiaron radicalmente esa imagen.

Richard Davidson, neurocientífico de la Universidad de Wisconsin, observó, sobre todo en practicantes experimentados, que las prácticas contemplativas regulares, como la meditación de plena conciencia o de compasión, pueden modificar de forma duradera el funcionamiento del cerebro. Las zonas asociadas a la empatía, a la regulación emocional y a la conciencia de sí se activan más. Las reacciones de estrés disminuyen.

Tania Singer, del Max Planck Institute, completó este cuadro distinguiendo la empatía afectiva, sentir lo que el otro siente, de la compasión, querer actuar para reducir el sufrimiento ajeno. Esta segunda capacidad no solo es entrenable, sino resistente al agotamiento emocional que produce la empatía no regulada. Estos trabajos muestran que el ser humano no está condenado al egoísmo: posee capacidades de empatía y de compasión que pueden cultivarse.

La evolución favorece la cooperación a gran escala

La idea de que la naturaleza humana es fundamentalmente competitiva e individualista, popularizada por ciertas lecturas de Darwin, ha sido profundamente revisada por los biólogos evolutivos de las últimas décadas.

Frans de Waal, estudiando a los primates, mostró hasta qué punto la empatía y la cooperación son antiguas: no son un barniz puesto sobre una naturaleza egoísta, sino una parte de lo que somos.

Lynn Margulis mostró, del lado de la biología celular, que la célula eucariota, de la que están hechos los animales y las plantas, nació de la asociación duradera de microorganismos antaño separados. Otros biólogos, como John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, mostraron que varias grandes transiciones de lo viviente nacieron de asociaciones semejantes. La evolución no es, pues, solo competencia: la complejidad de lo viviente pasa a menudo por la cooperación.

El círculo moral humano se amplía

Steven Pinker, en The Better Angels of Our Nature, defendió una tesis contraintuitiva, que es objeto de debate entre historiadores y estadísticos: a pesar de los horrores del siglo XX, la violencia interpersonal y colectiva ha disminuido de manera significativa a largo plazo, en relación con el tamaño de las poblaciones. Las explicaciones que propone incluyen la extensión progresiva del círculo moral, la capacidad humana de reconocer la humanidad de personas cada vez más alejadas de su grupo de origen.

Peter Singer teorizó esta extensión del círculo moral como una dinámica continua: la humanidad ha extendido progresivamente su reconocimiento moral de la tribu a la nación, de la nación a la especie, y comienza a extenderlo más allá de la especie humana. Este proceso no es inevitable, puede retroceder, a veces retrocede. Pero es real, está documentado, y está anclado en capacidades cognitivas y afectivas que los seres humanos poseen y pueden desarrollar.

Lo que la Sageocracia hace con estos datos

La Sageocracia no cita estas investigaciones para darse una legitimidad científica que no tendría de otro modo. Las cita porque coinciden con algo que presiente desde su fundación: que los seres humanos son capaces de mucho más de lo que sus instituciones actuales les piden ser.

Las instituciones actuales fueron concebidas a partir de cierta idea del ser humano: egoísta, desconfiado, cortoplacista, tribal. Han producido resultados notables en ese marco. Pero no fueron concebidas para sostener, alentar y valorizar las capacidades más desarrolladas que la investigación científica documenta hoy.

Es precisamente lo que la Sageocracia busca hacer: concebir mecanismos institucionales que presuponen un ser humano capaz de sintonía, de contribución viviente, de responsabilidad ampliada, y que crean las condiciones en las que esa capacidad puede desarrollarse, ejercerse y convertirse progresivamente en la norma más que en la excepción.

« Las instituciones que construimos dicen lo que creemos que los seres humanos son capaces de ser. Es hora de revisar esa creencia a la luz de lo que la ciencia observa. »

Este artículo explora lo que la investigación aporta a la reflexión sageocrática. Para una introducción al proyecto cívico, los artículos de la sección Comprender el proyecto son el punto de partida recomendado.

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