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¿Y si el síntoma fuera también una señal?

Nuestros sistemas tratan la salud como una simple ausencia de enfermedad. ¿Y si el síntoma fuera también una información que escuchar?

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¿Y si el síntoma fuera también una señal?

En 1948, la Organización Mundial de la Salud inscribe una definición que casi todos los países adoptan: la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad. Esta frase nunca ha sido retirada. Y sin embargo, nuestros sistemas hacen lo contrario: definen, miden y atienden la salud sobre todo como ausencia de enfermedad. La Sageocracia toma en serio la otra vertiente, y plantea una pregunta sencilla: ¿y si el síntoma fuera también una señal?

La salud no es la ausencia de enfermedad

En nuestros sistemas, la salud se define de manera extraña: es lo que queda cuando no hay enfermedad. Nos ocupamos de ella cuando se degrada, la medimos a través de lo que no va bien, y a menudo intervenimos cuando es casi demasiado tarde. Este enfoque ha permitido avances considerables, que no se trata de minimizar. Pero tiene tres puntos ciegos. Espera a que la enfermedad esté ahí, cuando gran parte de lo que hace penosas las vidas, la fatiga, la ansiedad, el insomnio, no siempre proviene de una enfermedad claramente identificada: a menudo hay un desequilibrio instalado, que un medicamento por sí solo no bastará para disipar. Recorta el cuerpo en órganos: cada especialista hace su trabajo, a menudo de manera excelente, pero rara vez alguien mira a la persona en su conjunto, salvo el médico de familia. Y observa el cuerpo como si funcionara en el vacío, olvidando lo cotidiano, los vínculos y el entorno que pesan sobre él. Para la Sageocracia, la salud no es un estado a recuperar: es un equilibrio a mantener, día tras día. Nada de lo que aquí se dice sustituye a un diagnóstico ni a un tratamiento de eficacia probada, y nada invita a interrumpir uno.

Cuando el cuerpo habla del colectivo

De este desplazamiento nace otra escucha. Cuando varias personas de un mismo colectivo sienten algo semejante, una fatiga que dura, un malestar difuso, no solo nos preguntamos cómo cuidar a cada uno: nos preguntamos también qué, en nuestra manera de funcionar, produce este estado. El síntoma deja de ser solo una queja individual para volverse una información sobre el colectivo. Esto supone dos desplazamientos: escuchar lo que los cuerpos expresan como una señal, y aceptar que el bienestar de todos es asunto de todos, no solo de un especialista llamado en caso de avería. Cuidar, entonces, ya no es solo reparar: es hacer de la organización misma un acto de cuidado.

Una señal, no una falta

Esto vale también para el sufrimiento psíquico, del que nuestras sociedades atraviesan una crisis de una magnitud probablemente inédita. Depresión, ansiedad, agotamiento, sentimiento de vacío: estos fenómenos tocan ya todas las edades y todos los medios. Una perspectiva sageocrática no los niega ni los reduce a un problema biológico que corregir: los atiende, con un tratamiento cuando hace falta, y oye también en ellos una señal, una información sobre las condiciones en que una persona y un colectivo evolucionan. Esta mirada no sustituye ni a un diagnóstico ni a un tratamiento de eficacia probada: la psiquiatría y la psicoterapia siguen siendo necesarias y valiosas. Cuando el sufrimiento se vuelve masivo, ya no es solo la psicología de los individuos lo que está en juego, sino la organización que crea esas condiciones. Cómo cultiva concretamente una sociedad este equilibrio en lo cotidiano, mediante la alimentación, el descanso y el respeto de los ritmos de lo vivo, como complemento de la medicina, el libro, aún por publicarse, lo desplegará; este artículo solo plantea la pregunta.

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